Francia vence al racismo en el Mundial de 1998

A tres meses del Mundial, un político cimbró a la selección francesa. El líder del Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen, acusó que el equipo no era patriótico, pues más de la mitad de sus jugadores habían nacido fuera de  territorio francés. Aquello era un llamado a la xenofobia y al racismo.

El técnico Aimé Jacquet recuerda que en la concentración varios jugadores comenzaron a dudar mirando su color de piel. No era algo nuevo, a Francia le ha sucedido por años que sus grandes estrellas tengan una mixtura en su genealogía: Just Fontaine, con Marruecos, Michel Platini de ascendencia italiana o Luis Fernández de sangre española.

Ese equipo del ‘98 era una mezcla multicultural de razas. Lilian Thuram había nacido en Guadalupe, Marcel Desailly en Ghana, Christian Karembeu en Nueva Caledonia y Patrick Vieira en Senegal. Además, el principal estandarte, la joya de la corona, Zinedine Zidane tenía raíces argelinas, Youri Djorkaeff, armenias y Vixente Lizarazu, vascas.

Jacquet tranquilizó al grupo, “vamos a cerrarle la boca este payaso”, cuentan que dijo en una arenga que adhirió al grupo en sangre y carne no sólo contra Le Pen sino contra la historia.

Fue cuando aquel equipo enarboló la bandera del Black-Blanc-Beur (negro-blanco-árabe) aunque algunos dejaron bien en claro que no cantarían La Marsellesa como Karembeu, “no me pueden obligar a hacerlo, no me nace”.

Zidane calmó el brío de sus compañeros, “el que canten o no La Marsellesa no los hace ni más, ni menos franceses”.

Le Pen continuó con sus ataques a unos días de iniciar la copa. Mostró estadísticas de que el 58 por ciento de los franceses admitía sentir racismo o un profundo resentimiento por los extranjeros que se quedaban a vivir en su país. El problema era directo contra los árabes, negros y africanos. Lo que no supo es que su xenofobia fue el entramado perfecto para una sorpresa.

Arranca el Mundial en París y nadie se apasiona en exceso. Prefieren hablar del rugby que de la victoria de Francia a una invisible selección sudafricana. Para el siguiente juego hay emotividad medida, aunque también incertidumbre, golean a Arabia Saudita, pero pierden los dos partidos siguientes a Zinedine Zidane  por una expulsión.

En medio de una sociedad polarizada, con atisbos de creer cada vez más, vencieron a Dinamarca en el fin de la fase grupal. En octavos vino lo más complicado, derretir a Paraguay, un equipo resistente al empate. En Lens, varios aficionados comenzaron a salir del estadio a cinco minutos de cobrarse los penales. Muchos de ellos no vieron el gol de oro de Laurent Blanc.

Para los cuartos de final, la gente en Francia se volcó con su equipo y apoyaron ante Italia que los forzó al límite de los penales. En semifinales, aquello ya era euforia y el rival en turno Croacia, un unicornio de ese mundial, les puso en la lona con gol de Davor Suker, hasta que Thuram salvó el barco haciendo la celebración con la pose de El Pensador de Auguste Rodin.

Un día antes de la final, Le Figaro publicó, “un gol de Zidane tendría más impacto en los barrios que la política municipal”.

El técnico Aimé Jacquet le recomendó a Zidane cabecear, a pesar de que no era su mejor arma, “Roberto Carlos mide 1.70 metros y Aldair 1.75, no digo que les ganes, pero si vas con convicción puede que pase algo”.

Y fue así, dos remates de Zidane dieron la consagración a la selección gala para ganar su primer título mundial.

Las calles de Francia se hermanaron en abrazos, el equipo de blancos, negros, árabes y extanjeros levantó una copa que jamás pensaron. Fue un éxito de razas que ayudó a terminar, al menos en una etapa, con el racismo, algo que, quizá hasta Jean-Marie Le Pen festejó en privado.

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